Subir










Welcome

Previamente Roar Out Louder!


Blog personal de una veinteañera cuya sangre es 40% té y 60% mocha.
よろしくお願いします★





52 historias cortas en 52 semanas martes, 2 de febrero de 2016 | febrero 02, 2016 | 0 comments
 Mucho sueño (๑ᵕ⌓ᵕ̤)
 Wednesday - Galileo Galilei 
 Me falta solo un rare cat en Neko Atsume (?)
 Online.
Mientras me digno a sacar unas fotos decentes de mi nueva funda de celular (spoiler: estrellitas, brillos, genialidad (?)), pensé en dejar el escrito de la primer semana del challenge que mencioné en mi entrada anterior. En el futuro publicaré con el título 52SS (por el título original) para hacerlo más breve (❁´▽`❁) El de la segunda semana sigue estancado y estoy editando el de la tercera semana, pero voy bastante bien.
Como se lee en el post de tumblr, la consigna de la primer semana era una historia titulada "Un nuevo comienzo".
Normalmente no escribo en primer persona, de hecho siempre lo evité como la peste *le pegan* sin embargo esta historia me resultó más fácil de narrar de esta manera (90% segura de que se debe a la frecuencia con la que he leído NoSleep estos últimos meses, sue me). Críticas constructivas siempre son apreciadas ♥
Fun fact: todos los nombres eran provisorios, pero me acostumbré y para cuando iba a editar no podía pensar nombres más cómodos (ᇂ_ᇂ|||)

Lo único que quería era un nuevo comienzo. Borrón y cuenta nueva, como dicen. ¿Lo peor? Probablemente seguiría eligiendo mi situación actual que regresar a donde estaba. Sé que suena drástico, pero demonios, no soy alguien fuerte física ni mentalmente, estoy bastante seguro de que no habría durado demasiado si continuaba recibiendo palizas diarias por el resto de la secundaria. Quizás merezco esto por pensar así.
En retrospectiva, no puedo evitar pensar que el ser humano en verdad posee una suerte de sexto sentido, aunque el mío aparentemente no sirve de nada, ya que un simple escalofrío recorriéndome entero antes de entrar a la escuela en mi primer día no es una buena bandera roja. Menos cuando el frío gélido de la mañana te obliga a colocarte un abrigo a pesar de que sabes que de regreso a casa en el mediodía o la tarde tendrás que cargar con el bulto de tela bajo el brazo o algún otro sitio incómodo. Y menos aún cuando estás consciente de que tus experiencias pasadas te convirtieron en alguien asustadizo que desconfía de hasta su propia sombra. En parte también puede ser que haya estado ignorando deliberadamente aquel mal presentimiento, después de todo tenía esperanzas de que me fuera mejor que en mi escuela anterior. Estoy seguro de que debo ser el único chico de dieciséis años que no se quejó en absoluto cuando su padre le dijo que en una semana tendrían que mudarse del único lugar que conoció jamás, cinco ciudades al este, en el medio del año escolar. Tampoco me quejé cuando, algo nervioso, papá me comentó que nuestro nuevo hogar era en una ciudad más bien problemática, ¿cómo podía quejarme cuando significaba una nueva oportunidad para mí y una mejora en su trabajo? Tendría que ser el mayor malagradecido del mundo para hacer algo así. Estoy bastante seguro de que lo apreció, me gustaría pensar que le quité algo de estrés, pero eso es ir demasiado lejos.
Las primeras horas en mi nueva escuela de hecho habían sido bastante normales, buenas incluso. Sí, tuve que soportar a varias personas reconociendo que era una cara nueva y mirándome fijamente hasta que doblaba en los pasillos por eso, pero no recibí gritos mientras iba a mi casillero. No recibí golpes mientras buscaba mi salón. Exagero, pero en verdad quiero decir que fue hermoso. Admito que se me formó un nudo en el estómago y sentí los pelos de punta al entrar al salón –luego de tres intentos por encontrar el correcto, por cierto- y ver antes que nada a un grupo de cuatro chicos hablando ruidosamente, riendo de manera escandalosa y animada. Ese perfil en grupos me aterraba desde tercero de primaria. Mientras intentaba calmar los latidos de mi corazón de la manera más disimulada posible –lo último que necesitaba era que alguien me viera y gritara “¡Miren, el chico nuevo tiene miedo!”–, el “líder” del grupo, un chico más bien delgado y bastante más alto que yo, sonrió al verme y levantó su mano en forma de saludo.
—¡Carne fresca! —exclamó y estoy bastante seguro de que la manera en la que todo color de mi rostro desapareció en un abrir y cerrar de ojos fue notable, porque no tardó en agregar— Bienvenido, nuevo, ven —con una sonrisa amigable, que de hecho incluso eso me incomodaba, pero decidí tragar saliva y dirigirme hacia ellos. Quizás si hacía lo que decían, las palizas serían más piadosas.
Pero no recibí ninguna amenaza una vez me planté frente a los cuatro con una sonrisa nerviosa, rogando mentalmente no parecer el manojo de ansiedad y terror que era.
—Bienvenido a bordo —sonrió el chico sentado a la derecha del líder, dándome una más bien fuerte palmada en el hombro.
—Ah, gracias —logré responder sin tardar demasiado en salir de mi sorpresa, esperando no parece un completo idiota—. Soy Luke, un gusto.
Pensé en agregar algo más, pero en el tiempo en que tardé en pensar qué podría decir, los cuatro se habían presentado uno tras otro, con una sorprendente armonía, daba la impresión de ser algo ensayado incluso y no pude evitar preguntarme si hacían eso con frecuencia. Hice mi mejor esfuerzo para memorizar sus nombres y sus caras: Nathan era el líder –que más tarde me enteré que en verdad era el líder del grupo–, quien me dio aquella palmada en el hombro era Jade, y confirmé rápidamente que no sabía medir su fuerza (cosa que me ponía algo de los nervios pero hice mi mejor esfuerzo para ignorarlo). Matt tenía una sonrisa en extremo amable y la verdad es que agradecía aquello, y por último Ethan, quien aparentemente era el más nuevo y también el más joven del grupo, era de un curso menor que nosotros.
Para el final de los quince minutos que tuvimos para conversar mientras los demás alumnos y el profesor llegaban al salón, logré memorizar correctamente quién era quién. Se sentía extraño hablar con chicos de mi edad con normalidad, me sentía aliviado.
Durante mi primer semana de clases, aprendí que Nathan y los demás eran realmente populares: no había nadie en la escuela que no los conociera y todo el mundo parecía adorarlos. Me sorprendía el contraste con mi anterior escuela, donde los alumnos más conocidos eran los que más golpeaban a las personas, y la ironía de que mi ciudad natal fuera, en teoría, mucho más segura y menos problemática que donde estaba viviendo ahora. Supongo que no todo es lo que parece.
Mi primer fin de semana en la nueva ciudad no era nada del otro mundo, el sábado terminamos de acomodar las últimas cosas en el departamento con papá, y comí una saludable bolsa de frituras el resto de la tarde mientras jugaba videojuegos –me vi obligado a dejar mi consola en la sala de estar ya que mi nueva habitación es demasiado pequeña, pero no me quejo. En la noche papá incluso ordenó pizza y miramos una película de acción más mediocre que interesante en la televisión, pero la pasamos bien.
El domingo, aprovechando que papá tenía una reunión informal con sus nuevos compañeros de trabajo, decidí pasear un poco por la ciudad, durante la semana me había limitado al trayecto de la casa a la escuela y el mayor desvío había sido el supermercado en la esquina del departamento. No esperaba encontrar nada en especial, pero con el aviso de mi papá que llegaría tarde en la noche y pocas ganas de quedarme encerrado en casa todo el día, para cuando se hicieron las ocho de la noche, ya había recorrido gran parte de la ciudad y comenzaba mi camino de regreso –moría de hambre.
Decidí cortar camino por un pequeño parque que encontré en mi pequeño paseo turístico del día, y maldigo la curiosidad que sentí al escuchar aquel sonido proveniente de los baños. Pasé a menos de cinco metros de la maloliente casita de hormigón plagada de carteles que decían “fuera de servicio”, pero era evidente que eso no impedía que algunas personas los utilizaran. Me detuve en seco mientras repetía mentalmente el sonido, en un intento por identificar a qué pertenecía ese golpe en el suelo, llegando a la resolución de que en definitiva no podía ser otra cosa que alguien cayendo al suelo. Eso hizo que tragara saliva, pensando que quizás alguien se tropezó allí dentro y se hizo daño, y la idea de irme de allí dejando a alguien en aprietos me hizo sentir más culpable de lo que habría esperado. Suspiré pesadamente y me desvié para llegar a los baños, dirigiéndome por el lado que más cercano me parecía al sonido, para no perder el tiempo.
Con el farol en funcionamiento más cercano a unos quince metros del lugar, el fantasma gris de lo que había sido el cielo de la tarde era lo que más me permitía ver, pero eso fue suficiente para notar las cuatro figuras reunidas alrededor de una quinta en el suelo, suficiente para reconocer la altura de quien tenía un pesado mazo en las manos, los hombros anchos del que estaba inclinándose levemente hacia el suelo donde yacía el cuerpo inmóvil, el cabello anaranjado de Ethan, y la sonrisa amable de Matt que ahora se me antojaba sádica. Para peor, pude notar las salpicaduras de sangre en el rostro y ropa de Jade, el cráneo hundido del hombre en el suelo, el olor a muerte. Y ellos también me vieron, aunque si no lo hubieran hecho, me habría delatado gritando en cualquier momento.
Era el mejor y más macabro ejemplo de la expresión “en el momento y lugar equivocado”, no había otra manera de ver la situación actual. Me quedé allí, boquiabierto y con mis ojos pegados al hombre –al cadáver–, no podía negar que era eso a estas alturas, aunque no estoy seguro si fueron minutos o segundos, en situaciones así el tiempo es irreal y lo que menos te importa. Para cuando reaccioné (y por reaccionar me refiero a cerrar la boca, parpadear y retroceder un paso con piernas temblorosas), Ethan y Jade me habían tomado de ambos brazos con firmeza y me estaban obligando a entrar al baño, mientras que Nathan y Matt arrastraban el cuerpo hacia dentro para poder cerrar la puerta una vez estuve con ellos. Atrapado en aquellas cuatro paredes de concreto, rodeado del olor de los baños mezclado con la sangre y muerte, me estaba costando respirar, y mi garganta se había secado por completo –en ese momento pensé que si ahora era mi turno de tener mi cabeza aplastada con un mazo, ni siquiera podría gritar.
—Antes de que empieces a gritar, déjame decirte que no te haremos nada —dijo Nathan mientras apoyaba con calma el mazo contra la pared, cuidando que no se cayera—. Lamento que hayas tenido que ver esto, de hecho —suspiró negando con la cabeza—, de seguro no es lo que tenías en mente para tu fin de semana.
Me miró con tranquilidad, esperando que respondiera algo, pero una vez que comprobó que yo en ese momento no era más que un manojo de nervios y terror, soltó una pequeña carcajada y negó con la cabeza, los demás siguiéndolo y riendo un poco también.
—Escucha, Luke, si hubiéramos querido hacerte daño, ahora mismo tus sesos estarían volcados por todo el suelo, ¿no te parece?
Imaginarme aquello hizo que estuviera a punto de vomitar, irónicamente no había tenido esa sensación al ver al verdadero cadáver. Una parte de mí se sintió como un tremendo imbécil por eso.
—Yo… no vi nada… —logré decir finalmente, mi voz sonaba estrangulada y temblorosa, algo que no sucedía desde el día en que tuve que decirle yo mismo a papá que mamá había muerto.
—Es muy amable que estés dispuesto a ignorar esto —intervino Matt—, pero las cosas no son tan sencillas.
Sentí un enorme nudo en el estómago y de pronto no pude hablar nuevamente.
—Si no quieres terminar como nuestro amigo de allí —Nathan señaló con la cabeza al hombre del suelo— te sugiero que te unas a nuestro grupo.
—La pasarás bien —añadió Jade, riendo despreocupado.
Pasaron unos minutos en silencio, mientras yo intentaba ordenar mis pensamientos, y ellos esperaron pacientemente. Me dieron la sensación de que no era la primera vez que les sucedía esto.
—¿Qué… qué pasaría…
—¿Si no te nos unieras? —me interrumpió Matt, y Nathan volvió a soltar una risita, de esas que uno hace cuando alguien repite por décima vez el mismo chiste, esa risa que significa un simpático “No tienes remedio”
—Lo siento, creo que no me expliqué bien —Nathan colocó una mano en mi hombro y me miró fijamente a los ojos. Llevándome una cabeza y media, me sentía en desventaja, como si no lo hiciera antes—. O te unes, o te matamos
No me cabía duda de que su amenaza era seria y no le costaría nada cumplir si es que yo me negaba a formar parte de su grupo. ¿Grupo de qué? ¿Acaso hacían esto a menudo? ¿Me obligarían a matar gente? Tenía demasiadas preguntas además de la sensación de sofocación y pavor, pero entendía que eso era lo que menos importaba, porque expresar nada de eso me salvaría la vida ahora mismo. Así que me limité a asentir con la cabeza, sin atreverme a devolverle la mirada a Nathan, pero no pareció importarle, lo más probable era que oliera mi miedo –porque acababa de convencerme de que Nathan y todos los demás eran bestias, no adolescentes.
—Lo haré —aseguré en un susurro, mi garganta demasiado seca para poder levantar la voz sin que doliera, aunque tampoco quería intentarlo, de alguna manera sentía como si hablar en un volumen mayor a ese haría que reconsideraran su oferta y decidieran matarme allí mismo.
Nathan sonrió y soltó mi hombro, regresándome mi preciado espacio personal mientras Matt suspiraba, Jade y Ethan intercambiando miradas y levantando los pulgares mientras decían al unísono “¡Ahora somos un quinteto!”. Si ignoraba el hombre con media cabeza aplastada y convertida en un puré rosado y rojo, era una situación común y corriente donde un grupo de chicos aceptaban a un nuevo compañero.  Eso me causó escalofríos.
Mientras yo continuaba en mi estado taciturno, Nathan sacó un pañuelo del bolsillo de su pantalón y limpió con calma el mazo, a la par que Matt y Ethan limpiaban las escasas marcas de pisadas ensangrentadas en el suelo, y Jade por su parte había desaparecido por la puerta hacía ya cinco minutos. Cuando volvió, lo hizo con un tanque de gasolina que roció por todo el cuerpo del hombre y luego el baño en general al tiempo que Nathan y los demás terminaban de limpiar. Dejaron los pañuelos tirados en el suelo y salieron de allí, prácticamente arrastrándome, y finalmente Jade echó una cerilla encendida al lugar que no tardó nada en comenzar a ser devorado por las violentas llamas.
—Vamos, yo invito la cena —dijo Nathan mientras comenzaba a caminar en dirección opuesta, guardando las manos en los bolsillos. Yo no tenía otra opción que seguirlos, no tenía dudas de que si me iba corriendo a casa ahora, lo interpretarían como una deserción y el próximo cadáver en llamas sería yo.
—Nathan, tienes… manchado el rostro —señalé pensando que quizás eso podía ser tomado como una confirmación de que era de su grupo, una especie de muestra de mi compromiso con ellos de alguna forma.
Y de hecho Nathan pareció apreciar mi comentario, porque luego de una expresión inicial de sorpresa, sacó otro pañuelo de su bolsillo (¿cuántos tenía? En verdad estaba preparado) y con una risa se limpió la cara sin preocupación alguna, incluso dijo “Gracias Luke” con un tono de voz que no podía identificarse más que como honesto.
Comimos pizza. O mejor dicho, ellos comieron pizza, y yo me dediqué a beber una cantidad ridícula de vasos de agua. No solo no tenía apetito luego de lo que había sucedido, sino que ver la salsa de tomate encima del queso estuvo a punto de hacerme vomitar allí mismo en la mesa del local. Nadie mencionó nada, ninguno me observó irritado o impaciente, sino todo lo contrario: conversaron de cosas normales, Matt incluso se ofreció a comprarme algo distinto para comer. Entre los miles de pensamientos que tuve durante esa hora y media que tardaron en cenar, fue que me parecía irónico que un grupo de asesinos estuviera siendo tan amable y amistoso conmigo, cuando compañeros de curso a quienes ni siquiera les había dirigido la palabra en mi otra escuela me golpeaban como si hubiera ofendido a toda su familia.
—Ese tipo, ¿sabes? Acosaba a la hermana menor de Jade —comentó con calma Nathan mientras nos alejábamos de la pizzería al tiempo que yo miraba la hora en mi teléfono, nervioso pensando que papá podría haber regresado a casa y estar preocupado porque no avisé que llegaría tarde.
—El desgraciado la acorraló varias veces e intentó violarla en su último encuentro —Jade prácticamente interrumpió a Nathan, enfurecido al recordar lo que estaba diciendo, no me costaba imaginar que en su mente se encontraba la cara de su hermana cuando le contó lo sucedido—. No importa las veces que fuimos a la policía, nos dijeron que lo máximo que podíamos hacer sin pruebas era intentar conseguir una orden de restricción —dijo aquel término con asco—. Un estúpido papel no iba a proteger a mi hermana.
—Lo merecía… —murmuré, no porque pensara que ellos querían escucharme decir eso, sino porque yo mismo necesitaba desesperadamente convencerme para no enloquecer allí mismo.
Los demás asintieron solemnemente y continuamos caminando, bajo la promesa de que me dejarían en mi casa luego de explicar todo. Honestamente, quería salir de allí corriendo, pero no me costaba creerles que me matarían si lo hacía.
—No es como si nos dedicáramos a matar gente como un pasatiempo —dijo Matt mientras Nathan se encogía suavemente de hombros—. Son cosas necesarias a veces, Luke.
—Yo fui el que empezó todo, por cierto —intervino Nathan—. Mi papá nos golpeaba, así que un día me cansé y se lo devolví con creces. Matt me ayudó con el cuerpo —ante ese último comentario, el susodicho asintió con una simple sonrisa.
Era extraño, porque sabía que lo que hacían estaba mal –¿cuánto tiempo para que mataran a alguien que simplemente no les agradaba?–, pero a la vez, sentía que se trataba de casos que si no se hacía justicia por mano propia, las cosas nunca iban a detenerse.
—Luego se nos unió Jade —Nathan soltó una risa—. Nos atrapó en pleno acto e incluso ayudó a terminar, ni siquiera tuvimos que pedirle que no dijera nada —“amenazarlo”, corregí mentalmente.
—Yo entré el año pasado —dijo Ethan con una enorme sonrisa, parecía emocionado por contar sus razones para estar allí, aunque yo ya me había hecho la idea de que básicamente era un efecto dominó: los descubres y ellos te amenazan para que te unas, o eres parte de la lista de secretos entre ellos. Pero no dije nada y dejé que Ethan siguiera hablando—. Para ser sincero, al principio me sentía muy incómodo —rió suavemente—, creí que lo que hacían estaba mal… como debes creer tú ahora —me dirigió una mirada solo por unos segundos, yo solo atiné a tragar saliva— pero luego de un tiempo te das cuenta de que no es nada malo, somos rápidos en lo que hacemos y siempre tenemos una buena razón.
—Estabas ansioso por tener tu turno, no mientas —bromeó Jade, y Ethan le restó importancia a su comentario haciendo un gesto con la mano.
—Bueno, no voy a mentir y decir que no quería —rió—. Hace unos meses mi papá me comentó que podría estar muy cerca de recibir un merecido ascenso, genial, ¿no? —no esperó respuesta— Todo para que en un par de semanas, este imbécil que nunca hace nada, obtenga el puesto que papá merecía solo por lamerle los pies al jefe —gruñó, y tengo que admitir que de algún modo entendía su rabia—. Así que hablé con los chicos y maté a ese idiota, pero a la semana papá me contó que transfirieron a alguien de otra ciudad, y como dijo que si hacían algo así en lugar de darle el puesto a él, entonces realmente no estaba calificado —suspiró—. Como lo aceptó con calma supuse que eso era lo mejor y no me molesté en hacer nada más —se encogió de hombros.
Agradecía estar pálido desde el comienzo, porque recordé que papá me admitió algo incómodo que su promoción se debía a que quien debía ocupar su lugar había desaparecido.
La conversación murió luego de las últimas palabras de Ethan y mi leve gesto de asentir con la cabeza como si dijera “Comprendo”, aunque no entendiera nada y estuviera aterrado. Durante el resto del camino, sentí como si me observaran de reojo, pero cada vez que alzaba disimuladamente la vista del asfalto, todos estaban mirando hacia adelante, y no sabía si eran más rápidos que yo o estaba completamente paranoico por el miedo y los nervios.
—¿No es… peligroso esto? —pregunté en un murmuro finalmente, sin atreverme a ver a ninguno a la cara— Digo, nada les garantiza que les diga que me uno a ustedes  y apenas llegue a casa llame a la policía o algo —hice una pausa y luego me apresuré a continuar— Ethan en su momento pudo haber hecho lo mismo —me aterraba pensar que interpretaran que lo que dije era, de hecho, lo que planeaba hacer.
—Ah, no nos preocupamos por eso —Nathan se encogió de hombros—. Tenemos otro amigo en este grupo, alguien que sabe que si a cualquiera de nosotros le pasa algo-
—Sea un accidente —interrumpió Jade.
—O terminemos en la cárcel —añadió Matt.
—Se encargará de cumplir nuestra promesa —amenaza, volví a corregir mentalmente.
Me quedé en silencio, a pesar de que quería evitarlo a toda costa para parecer culpable de siquiera considerar “traicionarlos”. Me sudaban las manos y tenía los pelos de la nuca de punta, el nudo del estómago presente desde los baños del parque.
—Por supuesto, ese chico nunca está junto a nosotros, es una manera de asegurarnos de que nadie sepa quién es y pueda cumplir con su trabajo fácilmente —comentó Matt, rompiendo el silencio luego de un par de minutos.
—Y es difícil adivinar quién podría ser, es lo bueno de ser populares —sonrió Nathan guiñando un ojo, orgulloso del sistema que evidentemente él había creado.
—Oh… tiene sentido —murmuré finalmente, a lo que Jade rió divertido y me dio otra de esas exageradas palmadas en la espalda, diciendo algo de que me acostumbraría pronto, pero me encontraba demasiado ocupado evitando tener un colapso nervioso para escucharlo correctamente.
Esa fue la amenaza suficiente para mantenerme callado y unirme a su grupo, aunque estaba lejos de planear matar a alguien. Contemplaba seriamente pedirles que no me incluyeran en eso, quizás toleraría ayudarlos a… limpiar, pero no creía tener estómago para el acto en sí. Al llegar a casa papá estaba mirando televisión y me preguntó dónde había estado, no regañándome, pero algo preocupado. Me disculpé y le dije que luego de haber paseado un poco me encontré con unos amigos de la escuela y se nos pasó el tiempo. La sonrisa que se plantó en su rostro cuando dije la palabra “amigos” lo hizo parecer de diez años menos y me dolió algo el pecho de solo pensar cómo se sentiría si supiera que realmente no eran amigos sino literalmente un grupo de asesinos.
Fui parte de su grupo a partir de ese día, y lo cierto era que si ignoraba el pequeño secreto que compartíamos, era muy agradable. Nathan y los demás eran divertidos y todo el mundo en la escuela nos adoraba, incluyéndome. Supongo que eso último era porque estaba con los otros, pero de todas formas me agradaba tener la atención de mis compañeros sin golpes de por medio. Luego de un mes allí, pensaba genuinamente que en definitiva era mucho mejor que mi otra escuela, además, después de todo, las personas a las que habían matado –y mataríamos– merecían aquello. Era justicia.
Dos meses, popularidad, notas buenas (no las mejores, pero, hey), éxito en el trabajo de papá… todo parecía demasiado bueno para ser cierto, y esa sensación se confirmó el día en que al entrar al salón vi sentado en un banco a Sam, el mayor responsable de hacer miserable mi vida en mi vieja escuela y ciudad. No me vio, pero eventualmente lo haría y sabía que mi vida se iba a convertir en un infierno nuevamente, y el solo pensarlo hizo que se me revolviera el estómago mientras mi rostro empalidecía. Matt notó aquello, porque se me acercó y me preguntó con calma qué sucedía, y a pesar de que yo solo atiné a balbucear un “Él”, pareció comprender con facilidad, porque lo próximo que supe fue que estaba fuera del salón de clases, rodeado por Nathan, Matt y Jade. Respirando profundamente, hice mi mejor esfuerzo para explicarles todo, por más vergonzoso que fuera, pero eran mis amigos y merecían saber la verdad. Nathan aseguró que no sucedería nada ahora, que Sam no estaba en mi escuela anterior y aquí nadie lo conocía, que no había manera de que recibiera apoyo para maltratar a alguien del grupo.
Y tuvo razón, eventualmente ese día Sam me vio y eligió hacerse el idiota: se presentó como si no nos conociéramos, pero en la primer oportunidad en que estuvimos solos, me dijo que se acordaba perfectamente de mí. Como si yo fuera capaz de olvidarlo al muy desgraciado. No me golpeó en la escuela, pero se las ingenió para hacerlo en la calle, con amigos de otras escuelas. Se lo oculté a Nathan y los demás, no quería que creyeran que soy un llorón o algo así.
—¿Cómo… cómo habría que hacer si quisiera… hacer eso? —pregunté finalmente una tarde luego de salir de clases, Jade había sugerido ir a comer pizza.
—Solo tenemos que encontrar el momento adecuado —se encogió de hombros Nathan, dándome la impresión de que sabía perfectamente de quién quería encargarme. Aunque si lo pienso, habría que ser idiota para no notarlo.
—Entonces… uhm…
—¡Tranquilo, Luke! —me interrumpió Jade, dándome una palmada en el hombro, con una gran sonrisa.
—La verdad es que si no lo proponías esta semana, quería hacerlo yo —dijo Ethan.
Los observé sorprendido, cayendo en la cuenta que ellos sabían que Sam se estaba metiendo conmigo. Jade incluso se quejó de que no se los hubiera dicho antes, Matt defendiéndome diciendo que eran cosas difíciles. En verdad, eran buenos amigos.

Etiquetas: